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Los Juegos del Centenario: cien años de una idea que nadie más tuvo

Faltan pocos minutos para la medianoche en Teotihuacán. No hay turistas, no hay vendedores ambulantes, no hay ruido de claxon. Solo un grupo de personas alrededor de un pebetero de barro con forma de Huehuetéotl, el dios del fuego, esperando que dos maderos frotados entre sí produzcan una chispa. Cuando por fin prende, esa pequeña…

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Los Juegos del Centenario: cien años de una idea que nadie más tuvo

Faltan pocos minutos para la medianoche en Teotihuacán. No hay turistas, no hay vendedores ambulantes, no hay ruido de claxon. Solo un grupo de personas alrededor de un pebetero de barro con forma de Huehuetéotl, el dios del fuego, esperando que dos maderos frotados entre sí produzcan una chispa. Cuando por fin prende, esa pequeña llama tiene por delante un viaje de más de tres mil kilómetros, treinta y una provincias dominicanas, y cien años de historia a sus espaldas.

Esa llama terminaría, semanas después, en las manos de Félix Sánchez, en su propio estadio, encendiendo un pebetero frente a veinticuatro mil personas. Pero para entender por qué ese momento le sacó lágrimas al mejor atleta que ha dado este país, hay que retroceder mucho más atrás de lo que la mayoría imagina.

Un país que perdió, y decidió construir su propia cancha

La historia empieza, de manera un poco incómoda, con una derrota. En 1924, México llegó a los Juegos Olímpicos de París apenas quince años después de una revolución armada que todavía tenía al país reconstruyéndose. El resultado fue tan malo como cabía esperar.

Pero en lugar de resignarse, dos dirigentes deportivos mexicanos, Alfredo Cuéllar y Enrique Aguirre, tuvieron una idea que hoy nos parece obvia y en su momento fue casi audaz: si todavía no podían competir contra las potencias del mundo, construirían primero su propio terreno de entrenamiento. Una liga regional, para países que —como México en ese momento— apenas empezaban a existir en el mapa deportivo internacional.

El 4 de julio de 1924, en pleno París, se firmó la carta que le dio vida a la idea. Dos años después, en octubre de 1926, el Estadio Nacional de Ciudad de México recibió a tres países —México, Cuba y Guatemala— y a doscientos sesenta y nueve atletas, todos hombres, compitiendo en ocho deportes. Nadie en ese estadio sabía que acababan de fundar el evento multideportivo regional más antiguo del planeta, superado únicamente por los Juegos Olímpicos.

Veinticinco años después, en 1951, nacerían los Juegos Panamericanos —más grandes, con Estados Unidos, Canadá y los gigantes de Sudamérica incluidos— y terminarían convirtiéndose en el escalón más prestigioso antes de los Olímpicos. Pero los nuestros, los Centroamericanos y del Caribe, siguen siendo los más viejos de los dos. Los que llegaron primero.

El país que quiso jugar antes de poder jugar

Aquí en República Dominicana, esta historia tiene un capítulo propio, y empieza con una frustración silenciosa. El país quería participar en estos Juegos desde el principio. Simplemente, al principio, no pudo.

Mientras tanto, hizo lo que pudo con lo que tenía: en 1937, bajo el gobierno de Trujillo, se institucionalizaron por ley los primeros Juegos Deportivos Nacionales. Trescientos cincuenta atletas, diez provincias, cinco deportes. Y en ese mismo evento, los atletas dominicanos juraban un texto que decía, palabras más, palabras menos: "juro mantener mi condición de aficionado hasta que se celebren los próximos Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe." Es decir, el país todavía no competía en esos Juegos regionales, pero ya los tenía clavados en la mira.

No fue hasta 1946, en Barranquilla, Colombia, que República Dominicana finalmente debutó. La delegación no podía ser más modesta: ocho atletas, un entrenador y un delegado. Diez personas, en total, representando a todo un país.

Pero a partir de ahí, el país no volvió a faltar. Edición tras edición, ahí estaba República Dominicana. Lo único que le faltaba —lo único que nunca había tenido— era ser la sede.

La sede que se ganó sin existir

En 1970, en la asamblea de la organización que dirige estos Juegos, celebrada en Panamá, un dirigente deportivo dominicano llamado Juan Ulises García Saleta —a quien todos conocían como "Wiche"— se puso de pie y anunció que Santo Domingo quería ser la sede de la próxima edición.

El problema era que, en ese momento, el país no tenía absolutamente nada de la infraestructura necesaria. Se cuenta que hubo miradas cruzadas y sonrisas disimuladas entre los presentes: no por mala fe, sino porque casi nadie creía que fuera posible.

Wiche ganó la sede de todos modos. Sin que la instalación siquiera existiera.

Y ahí, el gobierno de turno se lanzó con todo: más de setecientos veintidós mil metros cuadrados de terreno, en pleno centro de la ciudad, y veinte millones de pesos —veinte millones de dólares al cambio de la época. Así nació, prácticamente desde cero, el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte.

En febrero de 1974, el presidente Joaquín Balaguer abrió los Juegos ante más de treinta mil personas. Mil novecientos veintiocho atletas, veintitrés países, dieciocho deportes. Uno de los dominicanos que participó lo describió después con una frase que se quedó grabada en la memoria colectiva del deporte nacional: fue "un bautismo de fuego". Cuba dominó el medallero, como era costumbre en esa época. Pero lo que República Dominicana ganó en 1974 nunca se midió en medallas. Se midió en lo que quedó construido: un complejo deportivo que, cincuenta años después, todavía sigue en pie, y que este mismo verano de 2026 se está usando otra vez.

Doce años más tarde, en 1986, el país recibió los Juegos por segunda vez, en Santiago de los Caballeros. Y de ahí, pasaron exactamente cuarenta años.

Cien años después, otra vez nosotros

Cuarenta años en los que el país cambió por completo. Y le tocó, una vez más, recibir la fiesta más grande: la del centenario.

Santo Domingo 2026 llegó con más de seis mil atletas, treinta y siete países y territorios, y cuarenta deportes —desde judo hasta esports, que debutó este año junto al skateboarding y el netball. El gobierno invirtió cerca de nueve mil millones de pesos en modernizar la infraestructura existente: el mismo Centro Olímpico Juan Pablo Duarte de 1974, renovado; el Estadio Félix Sánchez, remozado; un nuevo espacio para deportes urbanos en el Malecón. No todo fue perfecto —hubo federaciones preocupadas por retrasos en las obras, y el Comité Olímpico Dominicano cerró apenas a tiempo una disputa legal interna de varios años— pero cuando llegó el día, el país estaba listo.

Y esa llama que sale de Teotihuacán cada cuatro años, sin importar qué país sea la sede, esta vez cargaba un peso extra: se encendió exactamente cien años después de que México fuera la sede de la primera edición, en 1926. Recorrió las treinta y una provincias del país bajo un nombre que cierra un círculo perfecto: "Ruta Wiche García Saleta: la llama de los valores." El mismo Wiche que, medio siglo antes, se atrevió a pedir algo que su país todavía no podía construir.

Terminó, como ya sabemos, en las manos de Félix Sánchez. Dos veces campeón olímpico. El mejor atleta que ha dado este país, encendiendo el fuego en el estadio que lleva su propio nombre.

Por qué esto importa

No son los Juegos Olímpicos, y probablemente nunca lo serán. Pero son la prueba de que, hace cien años, un grupo de países que todavía no tenían ni voz ni voto en las grandes ligas del mundo decidieron construir su propia liga. Y no esperaron el permiso de nadie.

Cien años después, ese mismo espíritu terco sigue vivo: en un país que primero organizó sus propios juegos porque no lo dejaban competir en los grandes; que después ganó una sede sin tener dónde celebrarla; y que hoy, con sus contradicciones, sus demoras y sus discusiones sobre el dinero, volvió a demostrar que puede sostener algo de esta magnitud.

Ana Rosa García, la primera medalla de oro dominicana de estos Juegos, ganó su combate de judo y dijo que usaría el incentivo económico para terminar la casa de su mamá. Marileidy Paulino corrió, por primera vez en su carrera, prácticamente en casa. Y un estadio entero vio a Félix Sánchez romperse en llanto encendiendo un fuego que empezó, cien años antes, con una idea que nadie más había tenido.

Esa es, al final, la historia completa: cien años, tres capítulos dominicanos, y un pebetero que todavía sigue encendido.

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Con décadas en el comercio internacional y más de 30 años viviendo en la República Dominicana, el autor de origen europeo usando el el seudónimo CaribDom ofrece una mirada realista, directa y sin filtros sobre la economía y la cultura del Caribe.

Su experiencia, que va desde la logística comercial y el mercado del arte hasta las cadenas de suministro globales, le permite desarmar fácilmente el discurso superficial del sector turístico tradicional.

Al combinar el conocimiento de los mercados internacionales con el día a día de las economías insulares, su estilo se define por la precisión técnica, el rigor analítico y un compromiso firme con la realidad estructural por encima de las apariencias corporativas.

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